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domingo, 14 de febrero de 2016

"Hoy vuelvo con la mente a los días que precedieron al cónclave de 1958, y a la forma en que los vivía el entonces arzobispo Roncalli. En una carta dirigida al obispo de Bérgamo, Piazzi [Giuseppe], le decía:
""El alma se  consuela en la fe del nuevo Pentecostés que podrá aportar a la Iglesia, mediante la renovación de su cabeza y la reconstitución del organismo eclesiástico, nuevo vigor hacia la victoria de la verdad, del bien y de la paz. Poco importa que el nuevo papa sea bergamasco o no bergamasco. Las plegarias de todos han de conseguir que sea un hombre e gobierno sabio y apacible, que un santo y un santificador"".
La súplica fue eficaz. Juan XXIII, inclinándose con religioso respeto sobre el surco abierto por Pío XII, se entregó al servicio de la humanidad con una inventiva juvenil, demostrando que el papa no es un símbolo, sino una realidad, un hombre de carne y hueso; un papa anciano puede rejuvenecer la Iglesia, como reconoció Pablo VI; un papa que viene del campo puede lograr que los hombres vuelvan a encontrar el camino perdido de la salvación.

¿Acaso las anotaciones de Juan XXIII en su diario* los días 28 y 29 de octubre no están totalmente en sintonía con el Evangelio? Aquí podemos volver a degustar su delicada fragancia, como si nos ofrecieran un pan hecho en casa, un vaso de vino de nuestras viejas bodegas: 
""Cónclave en su tercer día. Festividad de los santos apóstoles Simón y Judas. Santa misa en la Capilla Matilde, con mucha devoción de mi parte. Invocados con especial ternura mis santos protectores: san José, san Marcos, san Lorenzo Justiniano, san Pío X para que me infundan tranquilidad y valor. No creí oportuno bajar a comer con los cardenales. Almorcé en mi habitación. A continuación breve descanso y un gran abandono. Al undécimo escrutinio, heme aquí elegido papa. Oh, Jesús, diré yo también, como Pío XII cuando salió elegido: Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam. Diríase que es un sueño, y es, por el contrario, antes de morir, la realidad más solemne de toda mi vida. Heme aquí dispuesto, oh, Señor, ad convivendum et ad commoriendum (a vivir y a morir junto a tí) (2 Cor 7,3). Desde el balcón de San Pedro, unas trescientas mil personas me aplaudían. Los focos me impedían ver otra cosa que no fuera una masa amorfa en agitación.
[...] Desde ayer por la tarde he pedido que me llamen Ioannes. Pasé la noche en el apartamento del secretario de Estado, dormitanto más que durmiendo. Santa misa solo, en la capilla adyacente, in faciem portae, Don Loris y fray Belotti de Trescore me asistieron. Hoy el mundo entero no escrible ni habla de otra cosa que de mí: nombre y persona. Oh, queridos progenitores míos, mamá, padre, abuelo Angelo, tío Zaverio, ¿dónde estaís? ¿Quién os concedió semejante honor? Seguid rezando por mí.
Aquel día grandioso, exhaltación, él se identifica con los humildes y los pobres de su pueblo, y pide a sus muertos que recen por él para darle fuerza y valor.

Roncalli no se apropia del honor que le confieren, sino que lo traslada, como una valiosa capa, a los hombros de sus más allegados; es más, los nombra expresamente, uno por uno, no por hacer ostentación de antepasados prestigiosos, sino para depositar la tiara, que lleva ceñida alrededor de la frente, sobre los campos regados por la lágrimas y el sudor de sus mayores. En la hora de la denominada".

*Los diarios personales, no el Diario del Alma.

Fuente: Fuente: Capovilla, Loris. Mis años con el Papa Juan XXIII, Madrid, La Esfera de los Libros, S.L., 2014, pp. 67-70 - Extracto del capítulo III "La Elección" 





domingo, 31 de enero de 2016

"Cuando Roncalli llegó a Venecia en 1953, un querido amigo mío sacerdote me confió:
-Loris, es un buen hombre, eso se ve...,¡pero es viejo!
Tenía setenta y dos años, y en aquella época nadie se esperaba gran cosa de un hombre de esa edad. Fueron muy pocos los que atisbaron en los ojos de aquel anciano arzobispo la determinación y el empeño que, por el contrario, fue capaz de desplegar, para sorpresa de todos.

Fue un patriarca excelente. Tenía una confianza total en sus colaboradores, y nunca les exigía más de lo que humanamente eran capaces de dar. Supo afrontar las muchas dificultades y las divisiones, que de vez en cuando surgían en el clero, aceptaba las críticas y los malos humores, incluso a costa de un profundo sufrimiento personal.  

El hecho de que él se exigiese a sí mismo ocuparse personalmente de las cuestiones más delicadas, dedicándoles la reflexión que requerían, provocó que a su alrededor se formara una impresión errónea de que se trataba de una persona contemporizadora, un hombre de escaso temperamento. Su sentido del deber, su deseo de conocer los problemas con más detalle y de calibrar su juicio de acuerdo con ello, provocaba malentendidos, pero él nunca le dio demasiada importancia a esas valoraciones tan apresuradas y fueras de lugar.

Una tarde, en medio de una conversación, le confié, desde luego torpemente, todo lo que se murmuraba a nuestro alrededor.
-Eminencia, dicen que es usted débil  y acomodaticio, que tarda demasiado en tomar esa medida.
La medida en cuestión tenía que ver con la suspensión a divinis que había que dictar contra un joven sacerdote. Se trataba de una medida drástica, pero en aquel caso particular la opinión general era que la pena era proporcionada. En cambio, el patriarca contemporizaba, y sus vicarios se quejaban de ello ante mí. Así pues, aquella tarde, después del rosario, antes de bendecir la mesa, me impartió la lección que hoy espero haber asimilado plenamente.

Agarró un vaso, y mirándome con sufrida indulgencia, me preguntó:

-¿De quién es este vaso? 
-En esta casa el que manda es usted -respondí-. Es suyo.
-Bien- prosiguió- si lo tiro al suelo, ¿quién se queda con los pedazos?
-También usted, eminencia -contesté sin entender dónde quería llegar.
-Y si los pedazos también son míos, significa que me veré obligado a inclinarme y recogerlos.  Ese sacerdote me lo han confiado a mí, no a mis vicarios, que desearían que yo le aplicara a toda prisa un castigo tan odioso. Si hace falta, adoptaré esa medida, pero no de inmediato, no antes de agotar todo los recursos caritativos, que únicamente en caso de que él los rechazara, harían que este muchacho resultara verdaderamente imperdonable ante Dios y los hombre.
Poco después las cosas se arreglaron, y no en apariencia, sino de verdad, como fruto de gracia y amor".

Fuente: Capovilla, Loris. Mis años con el Papa Juan XXIII, Madrid, La Esfera de los Libros, S.L., 2014, pp. 54-56 - Extracto del capítulo II "El Encuentro"
 
 
 
 

sábado, 30 de enero de 2016

"Un sinfín de veces ha manifestado Juan XXIII su pensamiento en discursos, escritos y conversaciones familiares sobre el tema del Concilio, entregándose a aquellos desahogos que tanto gustan a todos los hijos, partícipes de las solicitudes del Padre. Me permito atraer vuestra atención a cuatro manifestaciones, entre otras, de esta catequesis pontifical.

Son el resumen del genuino pensamiento del Papa, expresados en reuniones de singular importancia: con la Comisión antepreparatoria, con el laicado católico, con los cooperadores misioneros y con el pueblo cristiano.

En el primer coloquio, con la pontificia Comisión antepreparatoria, el Padre Santo dice que la Iglesia Católica se presenta en su "inquebrantable unidad" y quiere "consolidar la vida y cohesión propia".

En el segundo, el Sumo Pontífice propone al laicado católico que colabore para hacer brillar la santidad de la Iglesia, para poder dirigir a todos los hermanos con el ejemplo, mucho más persuasivo que la palabra, la invitación del Apocalipsis: "Venid y ved".

El tercero, a los cooperadores de las obras misioneras, acostumbrados a contemplar el horizonte sin límites del mundo, Juan XXIII les dice que estamos a punto de entrar en un época que "podría llamarse de misión universal".

(...) El 30 de junio de 1959, al recibir a la Comisión antepreparatoria, decía el Padre Santo, entre otras cosas:
""Me parece bien recordar que el Concilio ha sido convocado, ante todo, porque la Iglesia Católica, en la vistosa variedad de los ritos, en la multiforme acción, en la inquebrantable unidad, se propone alcanzar nuevo vigor para su misión divina. Siempre fiel a los sagrados principios en que se apoya y a la inmutable doctrina que le confiara a su Divino Fundador, la Iglesia, en efecto, siguiendo las huellas de la tradición antigua, se dispone con ímpetu fervoroso a consolidar su propia vida y cohesión frente a las variadas contingencias y situaciones actuales, para las cuales sabrá establecer eficientes normas de conducta y de actividad""

Fuente: Capovilla, Loris, El Papa Juan visto por secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pp. 162-163

Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla en el XIX Curso de Estudios Cristianos en el Auditorium de Pro Civitate Christiana, de Asís, el 27 de agosto de 1961.

miércoles, 13 de enero de 2016

"De los labios del difunto monseñor Herminio Macacek, venerado sacerdote veneciano, que fue Vicario General del patriarca monseñor Carlo Agostini, de tan querida y piadosa memoria, y Vicario Capitular a la muerte del mismo, recogí, y me gozo en transmitirlo, el testimonio de la primera impresión del nuevo Patriarca, cuando aquel buen eclesiástico lo encontró por primera vez en París. he aquí sus pinceladas agudas y acertadísimas:
""El nuevo Patriarca muestra los signos característicos de las robustas familias bergamascas: el rostro abierto, la sonrisa alentadora, la palabra cordial y espontánea, los gestos como instintivos, la voz de tonos fuertes y melodiosos, el ojo atento. amable y límpido. Concede al visitante una confianza gentil, señorial y contenida: su conversación es fácil, sobre temas variados, siempre elevada, perfumada de optimismo
""Daría gusto poder decir: ¡Qué buenos sois! En efecto, lo es con todos: presentes y ausentes.
""Sus juicios sobre los hombres no son nunca definitivos; sobre los defectos y los errores de éste o aquél, quiere parecer más bien reservado que ignorante. No le falta la salida festiva, chispeante, pero inocente y gozosa: reflejo de una vida interior sólida y bien alimentada""
Fuente: Capovilla, Loris, El Papa Juan visto por secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pp 93-94

Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla el 7 de noviembre de 1959, en la Basílica de San Antonio de Padua.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El joven severo y el anciano sonriente.

Roncalli el día de su ordenación
sacerdotal (10 de agosto de 1904)
"Hace cincuenta años, en mi introducción al Diario del Alma- el diario que Juan XXIII compiló desde 1895 hasta su muerte- yo afirmaba que hojear aquellas páginas era un privilegio. En efecto, al leerlas, uno se convierte en espectador de las reflexiones de un joven que, mientras se preparaba para recibir el hábito talar y la tonsura, transcribe en una libreta barata las solemnes palabras del Concilio de Trento dedicado a los seminaristas ""Los [...] llamados a ser parte de la suerte del Señor, ordenen de tal modo toda su vida y costumbres, que nada presenten en sus vestidos, porte, pasos, conversación y todo lo demás, que no manifieste a primera vista gravedad, modestia y religión"". El joven Roncalli hará de ese precepto una norma para toda su vida.

Antes que maestro y pastor, Juan XXIII fue un sencillo sacerdote, condiscípulo y contemporáneo de muchos otros, que vivieron un día tras otro dentro de los seguros esquemas de la doctrina. Si recorremos las imágenes de su vida, desde la primera foto donde aparece como un clérigo de veinte años, hasta la última, donde, como pontífice, se despide desde la ventana del  Ángelus, veremos una y otra vez al eclesiástico que no deja de traslucir otra cosa que no sea "gravedad, modestia y religión", llevando la palabra de Dios a los fieles, e incluso a los indiferentes.

Última aparición pública para el
 Ángelus del 23 de mayo de 1963
Repasando con calma las páginas del Diario del Alma, el lector advierte desde las primeras
anotaciones juveniles la fibra del que acabará siendo el papa Juan: el sacerdote humilde y paciente, que se considera una persona irrelevante, ni indispensable no valioso, que custodia la fe sencilla de sus paisanos y la fe madura del hombre contemplativo, que ama a sus semejantes sin ideas preconcebidas, que honra la amistad pero que no se deja condicionar por ella, y que perdona, perdona siempre, lo perdona todo.

Siempre me acuerdo de un pasaje crucial que pronunció el 4 de noviembre de 1958 día de su coronación.
El nuevo papa, que ha llegado hasta aquí después de notables experiencias, bien podría comprarse al hijo de Jacob, que al encontrarse con sus hermanos postrados por gravísimos infortunios, le muestra la ternura de su corazón, y rompiendo a llorar, dice: "Soy yo, vuestro hermano José".
Noche del 11 de octubre de 1962,
procesión de antorchas al término de la apertura de Concilio.
Esta imagen le era familiar y tan querida que volvió ante sus ojos la tarde del 11 de octubre de 1962, en la inauguración del Concilio Vaticano II, ante el espectáculo de la marea de antorchas que enarbolaba una multitud que había acudido desde todos los rincones del mundo para aclamarle. En efecto, el que pasaría a la historia como el Discurso de la Luna contenía una pequeña pero significativa alusión a las palabras que el patriarca José pronunció entre lágrimas: "Mi persona no cuenta para nada: el que os habla es un hermano vuestro, un hermano que ha llegado a ser padre por deseo de Nuestro Señor".

Era una visión clara, no idílica, que tenía del mundo. No ignoraba que los hombres son errabundos, que están desorientados, que son pobres y están hambrientos, que desconfían unos de otros, que les atormentan los remordimientos por las maldades que han cometido. Y no solo los laicos. A veces, aunque en una medida distinta, también los sacerdotes.

Él sabía que los hombres necesitan un código y unas estructuras, como las que promulgó el Concilio, pero antes que nada precisan perdón y consuelo, verdad y justicia, misericordia y libertad.

Juan XXIII fue un hombre sólido, religioso en el sentido más completo y elevado, al que no le gustaban las singularidades, ni las efusiones sentimentales. Fue un cristiano sincero, no por costumbre, ni tampoco simplemente por tradición. Por ello logró hablarle al corazón a los pobres en la carne o en el espíritu, por ello jamás se dejó intimidar por los poderosos.

El elogio que el Sirácida hace de Samuel (Sir 46, 15-20) parece pensado para Juan XXIII, y da la impresión de que haya que partir precisamente de esas palabras para comprender mejor la naturaleza y la misión de aquel hombre: 
Reconocieron que era profeta y que no se equivocaba; cuando se cumplieron sus palabras, reconocieron que sus visiones eran verdaderas. Cuando el enemigo lo presionaba por todas partes, invocó al Señor poderoso [...]. Cuando llegó la hora de su sueño eterno, dio testimonio delante del Señor y de su Ungido: "¡Nada he tomado a nadie, ni dinero, ni siquiera un par de sandalias!", y nadie lo acusó. Incluso profetizó hasta después de su muerte. Levantó su voz desde el seno de la tierra".

Así pues, el apelativo de "papa bueno", pese a ser verdadero, acaba siendo restrictivo, y con él corremos el riesgo de formarnos opiniones apresuradas y simplificadoras. Porque en Juan XXIII coexistía en total armonía una gran variedad de matices* El joven clérigo que apunta en su diario las severas disposiciones conciliares en materia de vestimenta y de conducta, el capellán que atiende y consuela a los heridos de la Gran Guerra, el sacerdote que afronta con entusiasmo la aspereza de la posguerra, el obispo cosmopolita que gestiona con competencia las tensas relaciones diplomáticas de una Europa profundamente turbada por la II Guerra Mundial, el pontífice sonriente y al mismo tiempo profundamente consciente de los males del mundo.

Así pues, ¿quién era Angelo Giuseppe Roncalli?"

Fuente: Capovilla, Loris. Mis años con el Papa Juan XXIII, Madrid, La Esfera de los Libros, S.L., 2014, pp. 27-31 - Prólogo del libro citado. 

* El destacado es nuestro. 

domingo, 13 de diciembre de 2015


"Repetimos con frecuencia las palabras que el Papa dijo el 4 de noviembre de 1958 a los peregrinos bergamascos y venecianos, hermanados en la fiesta jubilosa y conmovedora:
""...Henos ahora en nuevo puesto. Henos aquí, llevados en alto por nuestros hijos. Han pasado setenta años desde que, en la fiesta de la Acción Católica en Ponte San Pietro, nos elevó sobre sus espaldas nuestro padre. Pero se puede decir que, con la ayuda de Dios, han sido setenta años de voluntad generosa, de gracias celestiales, de servicio de Dios, de vida caballerosa. El secreto de todo está en dejarse llevar por el Señor"".*
* Cfr. Scritti e Discorsi di S. S. Giovanni XXIII nel 1958. Sienna, Cantagalli, 1959, pàg. 31 

Fuente: Capovilla, Loris. El Papa Juan visto por su secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pág. 64


Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla el 20 de octubre de 1959, en la Cámara de Comercio de Bérgamo, con ocasión del inminente aniversario de la elección de S. S. Juan XXIII.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Momentos principales de la vida de Juan XXIII


Nota: audio en italiano.

El Magisterio del Papa


"Muchas veces, durante su permanencia en Venecia, el cardenal Roncalli repitió lo que dijo en una audiencia al Papa Pío XII: 
""Padre Santo, dejaríais una difícil herencia a vuestro sucesor, si pretendiera seguiros en vuestra difícil tarea de maestro de la palabra"".
En un artículo suyo a propósito de la oratoria y de los escritos del Papa Pacelli, se lee:
""Motivo de gran consuelo, como una gracia singular reservada a nuestro tiempo, es el espectáculo de nuestro bien amado Papa Pío XII que, en el extravío general de los espíritus, ante la quiebra más o menos clamorosa de tantos sistemas filosóficos, económicos, políticos, ideados en balde para la restauración del orden social y de la paz, se mantiene desde hace más de un decenio recto y sereno, al lado de este admirable río de agua viva, que es la doctrina indefectible de Cristo, flavium acquae vivae, tal como el vidente de patmos lo vislumbró en su tiempo, espléndido como el cristal, y brotando del trono de Dios y del Cordero.*
A ambas orillas del río sagrado se alzan árboles bellísimos, que producen frutos sabrosos y hojas medicinales. Con una elocuencia prodigiosa, raras veces alcanzada hasta ahora por ningún Papa antecesor suyo, y difícilmente alcanzable por quien venega después de él, nuestro supremo Pastor ofrece incesantemente estos tesoros celestes de doctrina y de gracia, no cada mes, sino cada día, en varias lenguas y con acentos de la más alta y feliz inspiración, para la curación espiritual del mundo entero: ad santitamem gentium"".**
Ahora él es el sucesor. Otro método de trabajo, una oratoria distinta. Pero igual de solicitud y la misma intensidad y oportunidad en su magisterio".


*Apocalipsis, XXII, 1.
**Ibid, XXII, 2. Cfr. La presenza del Papa nel mondo, París, 1948. página 2.

Fuente: Capovilla, Loris, El Papa Juan visto por secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pp 49-50

Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla el 5 de octubre de 1959, en la Sala de las Columnas de Ca'Giustinian en Venecia, en el primer aniversario de la elección del Papa Juan XXIII.

Juan XXIII, mini documental.

Breve documental realizado por el CEUMEDIA de la Fundación Universitaria San Pablo CEU (Madrid) que hace un recorrido por los hitos más importantes de la vida de Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, de la mano del más fiel cronista de la figura del Papa Juan, su secretario Don Loris Capovilla.

martes, 8 de diciembre de 2015

Ha vuelto Pío X


"Lo contó él mismo, en el sermón de entrada en Venecia. "Oh, el Beato Pío X... Tuve la alegría y la fortuna de verlo el día de mi Primera Misa, celebrada en la Basílica de San Pedro, el 11 de agosto de 1904. Cuando el Padre Santo apareció, el que me acompañaba dijo: "Santidad éste es un novel sacerdote de Bérgamo que ha dicho esta mañana su primera misa".


"El Papa se inclinó hacia mí. Yo le dije unas palabras que recuerdo muy bien, pero que están destinadas a quedar entre las intimidades más queridas de mis promesas sacerdotales. Píos X puso sus dos manos sobre mi cabeza y me dijo: Muy bien, os bendigo, y os animo a hacer honor a estos propósitos y deseo que vuestro sacerdocio sea de consuelo para la Iglesia de Dios".

De hecho el consuelo no se hizo esperar, y se contagió a muchas almas, y tomó dimensiones universales, por efecto de aquella sabiduría del corazón, cuyas delicias gusta hoy toda la tierra.*

Aquel 11 de agosto de 1904 Pío X, después de haber dado algunos pasos hacia otros peregrinos, volvió atrás y pregunto a don Angelo Roncalli:
-¿Y cuándo contaréis la Primera Misa en vuestro pueblo?
-El día de la Asunción, Padre Santo. 
Entonces los ojos del Pontífice se abrieron a la visión de aquellos nuestros pueblecitos vénetos y lombardos, que se llenan de júbilo por la Primera Misa de uno de sus hijos.
-Para la Asunción -siguió Pío X con su sonrisa angelical-. Para la Asunción. Y qué fiesta le harán... Y aquellas campanas bergamascas, cómo repicarán de alegría...
Y una nota de nostalgia cruzó por los ojos del venerable Pontífice. **

Las campanas idfundìan por todo el mundo el gaudium magnum: para nosotros, los de Venecia, el gaudium maximum. En una fiesta de los Apóstoles, el que había iniciado su sacerdocio junto a la tumba de San Pedro pidiendo al Señor, como se lee en la estampa-recuerdo repartida en 1954 para las Bodas de Oro Sacerdotales: "Para sí, fervor apostólico; para los suyos, los dones celestes; para la Iglesia Santa, libertad, unidad y paz"; el que en Venecia fue el quinto sucesor del Cardenal Sarto; el que celebró el cincuentenario de la elección de Pío X con una memorable Carta Colectiva del Episcopado Trivéneto, y tuvo la alegría de colocar su nombre glorioso en el frontispicio de la nueva basílica de Lourdes; precisamente él era proclamado y aclamado como su cuarto sucesor sobre la Cátedra Romana y recordaba a todos sus mismos ademanes y semblante, hasta hacer exclamar en tono de confiado júbilo: Ha vuelto Pío X".

*En alusión a la elección de Juan XXIII
** Cfr. Scritti e Discordi, I, 263

Fuente:  Capovilla, Loris, El Papa Juan visto por secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pp 28-29

Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla el 17 de enero de 1959 en la Sala del Noviciado de la Fundación Giorgio Cini de Venecia.


Juan XXIII bendice la urna con el cuerpo de San Pío X que parte en viaje a Venecia en mayo de 1959.

Acepto


" Quien se imagina el acento espontáneo de aquella primera alocución pontificia, que con la palabra Acepto destaca inmediatamente al elegido de los electores y le da una investidura divina; o quien ha visto después algún apunte de ella hecho a vuela pluma en una humilde hoja de papel, ya confiado a la historia, ve y ama en aquellas palabras el corazón que dictó, la mano que las escribió, la voz melodiosa, un poco temblorosa pero decidida que las pronunció.
Eran, más o menos, las 16'40 del 28 de octubre: fiesta de los Apóstoles Simón y Judas Tadeo.
""Escuchando tu voz, tremens factus sum ego, et timeo; he comenzado a temblar y ahora tengo miedo*; lo que yo sé de mi pobreza y poquedad, basta para mi confusión. He aquí la Humildad. Pero viendo en los votos de mis hermanos los cardenales de nuestra Santa Madre la Iglesia Romana la señal de la voluntad de Dios, acepto la elección por ellos: e inclino la cabeza y la espalda al cáliz de la amargura y al yugo de la cruz. He aquí la Obediencia. En la solemnidad de Cristo Rey todos hemos cantado: -El Señor es nuestro Juez, es nuestro Legislador; el Señor es nuestro Rey; Él nos salvará**. He aquí la Paz."" 
Después de  estas palabras floreció la alegría en el rostro de los cardenales. Y poco después, en el rostro del Elegido"

* Liturgia de las Exequias 
** Liturgia del Viernes Santo. 

Fuente: Capovilla, Loris, El Papa Juan visto por secretario. Barcelona, Ediciones Tibidabo, 1964, pp 36-37

Extracto de la conferencia pronunciada por Loris Capovilla el 5 de octubre de 1959, en la Sala de las Columnas de Ca'Giustinian en Venecia, en el primer aniversario de la elección del Papa Juan XXIII.